Sobre los narradores del 25 Festival Intercurel du conte de Chiny

En Chiny he escuchado a grandes contadores de historias, y a otros que buscan su voz; he visto sobre el escenario a narradores de larga trayectoria y a otros que intentan hacerse un hueco en el camino de los cuentos. He disfrutado con ellos, he aprendido de ellos, ha sido un placer escucharlos, descubrirlos, conocerlos. Puedo hablar de sus repertorios, de los estilos que los diferencian y distinguen, de los juegos escénicos que manejan. Puedo describir lo que me cautivó de cada uno de ellos, lo que me sorprendió, lo que no me llegó, lo que no me convenció, lo que me divirtió, lo que me dejó indiferente, lo que me sedujo. Pero si de entre todas las impresiones tuviera que elegir una… no dudo.

Venía de Quebec. Lo escuché por primera vez en la velada “Cabaret Conte”,  una sesión coral donde algunos de los narradores de la sección “En Sala” contaban un cuento, como apertura del festival. Aquella noche descubrí el acento “québéquois” (el acento canadiense), en las voces de cuatro contadores diferentes. Me resultó complicado entender su francés. Aún así, los cuatro, siendo completamente diferentes entre sí, me parecieron interesantes y lamenté no comprender con mayor exactitud, qué estaban contando. Supe más tarde, al comentarlo, que los propios belgas y franceses tienen también sus dificultades, tanto por el modo de hablar como por las expresiones que emplean. Influida por esta barrera idiomática, al día siguiente fui a ver todos los espectáculos que llamaron mi atención, obviando aquellos de los canadienses, pues me parecía más sensato acudir a las sesiones que podía entender y disfrutar plenamente. Durante el domingo mantuve la misma actitud, pero… decidí hacer una excepción. Cerraba el festival y aunque era consciente de las trabas compresivas que me aguardaban, movida por la impresión que me había causado aquella noche, compré una entrada para su espectáculo “L’histoire de Martin”, guiada por el pálpito de que a pesar de los pesares, podría merecer la pena.

Comenzó hablando del invierno, de lo que para él es el invierno. Eso lo supe, pero sus palabras, que intuía cargadas de poesía, de intención, se deshacían en mis manos como copos de nieve que no podía llegar a atrapar. Se me escapaban las palabras, pero percibía el frío, sentía la soledad de Martin, el niño que dibujaba para expresar todo aquello que era incapaz de comunicar de otro modo. Se me escapaban las palabras, pero la nieve caía al compás de sus pasos, de sus manos, de su voz. Sabía lo que estaba sucediendo, lo sabía a grandes rasgos, pero se me escapaban los detalles, se me escapaban… Mi atención sin embargo, se mantenía alerta, mis ojos bien abiertos seguían aquella danza, se maravillaban de lo vivos que estaban los suyos. Veía aquellos niños, aquel colegio, aquel amor, aquella amistad, aquella mentira, aquel dolor, a pesar de que las palabras se diluyeran antes de que pudiera percibirlas. Y como si de una ráfaga de viento se tratara, de pronto sentí que aquel invierno me helaba el alma, y que la nieve resbalaba por mis mejillas.

Al oír los aplausos exclamé en voz alta: ¡No puede haber acabado ya! Cuarenta y cinco minutos que pasaron como un soplo. Cuarenta y cinco minutos y luego, un vacío. El que dejó al abandonar aquel escenario sobre el que yo hubiera querido que siguiera nevando. Cuando más tarde leí sobre él y su trabajo, encontré para mi sorpresa, una sensación parecida, publicada en Ouest France, en diciembre de 2001*: “(…) Cuando François Lavallée se despide del público, los ojos deslumbrados se entristecen, las sonrisas de oreja a oreja desaparecen. Porque un narrador como este, no querríamos que se fuera. Es verdad: Las gentes solo mueren cuando los narradores dejan de contarles y François Lavallée sabe muy bien cómo hacerles vivir.”

Así se llama, François Lavallée. Es de Quebec. No se si entendí la mitad de sus palabras, puede que menos, pero su forma de contar me alcanzó de pleno. Más allá del idioma, de la belleza y riqueza del lenguaje, más allá de los juegos de palabras, de imágenes poéticas, de discursos impactantes, de técnicas escénicas y narrativas, hay un algo intangible en este oficio de contar, absolutamente mágico, que entronca con nuestra esencia más profunda como seres humanos, al tiempo que convierte en un arte el hecho de narrar. El narrador que conmueve y emociona, cuenta con su alma, con su corazón, con sus ojos, con su cuerpo, y después, solo después, con sus palabras. 

François Lavallée

* “(…) Quand François Lavallée dit au public qu’il va le quitter, les yeux éblouis s’attristent, les sourires qui débordent les oreilles disparaissent. Parce qu’ un conteur comme celui-là, on ne voudrait pas qu’il s’en aille. C’est vrai: Les gens ne meurent que quand les conteurs ne les racontent plus. Et François Lavallée sait si bien les faire vivre…”  

2 comentarios:

Raquel López Cascales dijo...

Cristina, muchas gracias por esta crónica tan cercana que nos ofreces. Tengo ganas de escuchar a quienes escuchaste y de ver a los narradores de los que hablas.
Gracias otra vez.
Raquel López

Cristina Temprano dijo...

Gracias a ti Raquel. Lo que escribimos cobra sentido cuando otra persona lo recibe, lo vive a través de nuestras palabras. Gracias.