Stracciatella y galleta

Turrón y caramelo, fresa y nata, menta y chocolate, moka y pistacho, avellana y chocolate blanco, yogur y limón...
Hoy, tres de mayo de 2011, me ha vuelto a tocar dos en uno. Dos islas en un mismo día.
(Me ocurrió la semana pasada. Trabajé por la mañana en Tenerife y por la tarde en Lanzarote. Lo bueno: da la sensación de que se puede capear la famosa crisis. Lo malo: no da tiempo a disfrutar con calma de los paisajes bonitos, y de la gente).

La mañana en Lanzarote, con sesiones mus-e®.  Esta semana estoy impartiendo la última sesión del curso, a cada uno de los 9 grupos con que trabajo. Con los niños de 1º y 2º, para despedirnos, además de echar la vista atrás y reencontrarnos con todas nuestras creaciones, ¡un cuento! claro, lleno de arte y muy útil para abordar la educación visual, entre otras cosas: "El día que Pigasso conoció a Muutisse", de Nina Laden.

La tarde en mi querida Fuerteventura (que yo creo que también me quiere un poco), contando cuentos a maestras (y una mínima representación de maestros) en el CEP de Puerto del Rosario.

Momento inaugural con autoridades
justo antes de mi intervención
Cuando me invitaron a participar en estas Jornadas dedicadas al valor del cuento como recurso didáctico, me dijeron: "Queremos que les cuentes cuentos a las maestras como si estuvieras ante tu público infantil". Y yo me las imaginé a todas pequeñas, tal cual de guapas están de grandes, pero en tamaño mini, como si hubieran encogido.
En principio tenía una hora de ponencia (qué palabra ¿eh?), pero se enfermó mi antecesora y me adjudicaron dos, de urgencia. Por mí, ningún problema, además, hoy cogí carrete, y cuando se me acabó el tiempo aún quería seguir contando, y enseñando cuentos, y respondiendo preguntas. Creo que lo pasamos bien.

Yo regresé la mar de contenta, y por mar, ¡cómo me gusta el ferry! Además, me ha pasado algo impresionante. Después de un rato en la cubierta principal sin ver a nadie, sin haberme cruzado con nadie, apareció un miembro de la tripulación, y no pude por menos de preguntarle: "¿Hay algún otro pasajero en el barco?" Yo imaginaba que alguno habría, pues en el garaje había coches (muy pocos, eso sí). Me miró sorprendido y se encogió de hombros. Volvió al poco rato para decirme: "He contado ocho". Y se quedó a hablar un rato conmigo. El caso es que ninguno de esos 8 salió a la cubierta principal, que fue mía y solo mía durante los 40 minutos de travesía, y mío fue el atardecer que desde ella disfruté.

1 comentario:

Margui dijo...

Me gusta?...no. Me encanta!